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La democracia ha sido una de las principales banderas ideológicas que los grupos del capitalismo mundial y salvadoreño han enarbolado por décadas y siglos. Junto a este concepto, los sectores hegemónicos han integrado otros valores como libertad, independencia, patria, justicia, soberanía… para promover, exaltar e imponer una visión –su visión– de la salvadoreñidad y del mundo. Pero también es cierto que esos mismos conceptos, por supuesto, que con contenidos opuestos, también han sido históricas banderas de lucha de los sectores populares.
Los partidos políticos que conforman el llamado “bloque patriótico” en la Asamblea Legislativa, el Presidente de la República, Aliados por la Democracia, sindicatos, comunidades y organizaciones populares, organizaciones no gubernamentales, organismos internacionales, entidades académicas, medios de comunicación, entre otras expresiones, en la actual coyuntura mantienen posiciones contrarias – algunas antagónicas – apelando justamente a los mismos principios y valores: la democracia, la independencia de los órganos de gobierno y el respeto a la constitución.
Entonces cabe la pregunta ¿a qué democracia se refieren los sectores poderosos y cuál democracia invocan y exigen los sectores populares? Responder esta interrogante es fundamental para aclarar aparentes coincidencias en el actual debate nacional, ya que pareciera que se habla de lo mismo, pero la discusión conduce a escenarios y soluciones diferentes. Y eso tiene una explicación: la democracia, la justicia y la libertad no son conceptos vacíos; son definiciones que deben interpretarse desde una perspectiva de clase, y de lucha de clases, en su sentido más político. Algunas voces ingenuas o mal intencionadas han expresado públicamente que se deben buscar soluciones a los conflictos del país “pensando en el bien común y despojados de toda ideología” confundiendo manipuladoramente estos conceptos con los intereses partidarios que son los que, en última instancia, han provocado el actual caos institucional.
Desde nuestro punto de vista, es lo contrario. Hoy más que nunca se necesita poner sobre la mesa y con claridad, las posturas ideológicas de todas las fuerzas sociales y políticas que intervienen en el debate y en la dinámica institucional del país. A los problemas nacionales se les debe dar tratamiento desde un opción ideológica definida, que no necesariamente pasa por una posición partidaria. ¿Se trata de regresar al pasado para desempolvar la vieja caja de consignas de pobres contra ricos? Si, de alguna manera, aunque ese viaje no puede ser mecánico. Hoy día las condiciones objetivas de pobreza, exclusión y marginalidad están igual o más agudas que hace 3 o 4 décadas. La brecha entre quienes tienen más y quienes tienen menos se ha ensanchado inmoralmente, sólo que ahora las y los pobres, tienen celulares y pueden acudir a modernos centros comerciales. De nuevo, un espejismo. Las empresas transnacionales y sus aliados locales no han renunciado a la acumulación capitalista y a la explotación indiscriminada de la fuerza de trabajo; son los mismos intereses comerciales y financieros los que con su frenética avaricia, están generando peligrosos impactos sociales, culturales y ambientales que ponen en riesgo nuestra vida y la de las siguientes generaciones. Somos de esos países que lideramos la penosa categoría de los más desiguales y vulnerables a nivel planetario. ¿Qué ha cambiado estructuralmente que nos indique que la lucha de clases ya perdió vigencia?
Pero volviendo a nuestra realidad inmediata, los bloques partidarios que están liderando la disputa que vivimos hoy día, han renunciado y despreciado al aspecto ideológico de la lucha; sólo ello –y el cortoplacismo electoral en el que se devanan– explica que el PES, GANA y CN (históricos o nuevos instrumentos de opresión) tengan como principal aliado al FMLN, que otrora fuera un ejército insurgente de liberación.
Es imperativo volver a los orígenes; hoy más que nunca se deben sustraer de la historia los marcos filosóficos e ideológicos que han dado sustento y referencia a las reivindicaciones populares impulsadas desde hace más de 2 siglos y que aún esperan su concreción. Eso pasa por el debate y por una renovación conceptual teórica, práctica y metodológica de la dinámica social – popular.
Y para ello hay muchas luces que podemos seguir. Una de ellas – quizás la más importante – sea la que nos señaló Monseñor Romero en su doctrina: el de la opción preferencial por los pobres. Cuando comprendamos y apliquemos esta perspectiva humana – y si se quiere ideológica – sabremos con absoluta claridad quién y qué está detrás de la palabra democracia.
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