Armando Briñis Zambrano*

La amplia y supuestamente buena preparación científica del mundo contra pasadas enfermedades, como el Ébola, nubla el entendimiento de muchos sobre qué es la Covid-19 y puede provocar un falso trasplante de fases, fatal en los momentos actuales. Para algunos “epidemiológicos”, ya se pasó la etapa de seguimiento (contagio externo), estamos en la transmisión local y aún no sabemos que daría paso –más o menos rápido- a la bienvenida recuperación económica.

Otros males mundiales como terremotos, ciclones, inundaciones o sequías, son temporales; pero esta pandemia lo hará por años, y no pasará por determinados lugares, sino que llegará a todos y se quedará después como una endemia más. Cuando esté controlada –sea por inmunidad poblacional o vacunas efectivas- y comience la posnormalidad, casi todo será diferente. El mundo que conocemos habrá cambiado.

Todo parece indicar que la globalización dará paso a lo que ya algunos politólogos han llamado “glocalización”, una mezcla de globalización con economías locales fortalecidas. La pandemia pone de manifiesto que el mito de la “aldea global” es eso mismo, un mito y que países y regiones no pueden confiarse en que todos sus problemas se resolverán mediante la producción de algunos bienes y/o servicios para un mercado planetario que los proveerá de todo lo demás, menos que unos y otros van a ayudar y ser solidarios. El ejemplo de la Unión Europea se cae por su propio peso. La economía alemana no ayuda a nadie, las ayudas vienen de China y ni siquiera los Estados Unidos asoman su cabeza.

En pocos meses el sars-cov-2 asedió, no solo varios de los sistemas de salud supuestamente más sofisticados del planeta (Europa Occidental); sino también el funcionamiento del comercio mundial, flujos de capital, migraciones laborales y la industria globalizada. De súbito, el slogan imperante del necesario achicamiento del Estado y sus servicios públicos se vino abajo, y dio paso a reclamos por un rol más fuerte y decisivo del poder central en el aseguramiento colectivo, en la sobrevivencia.

Temas tales como: soberanía alimentaria, industrias nacionales, mercado interno, y estímulo a la producción local en detrimento de lo importado, se esparcieron por todo el mundo como pólvora. Mientras cerraron miles de negocios, millones de obreros eran desempleados y los trabajadores informales se quedaban sin sustento para sus familias. Los gobiernos se debaten entre dos opciones contrapuestas: mantener el distanciamiento físico para salvar una mayor cantidad de vidas, o reabrir la economía para evitar la bancarrota y una crisis económica global quizás peor que la pandemia, con todos los decesos que pueda traer.

Cosas que el establishment económico político global aceptaba a regañadientes, como criptomonedas, energías renovables, salud pública, gobernanza digital y ciudadanía en red, pasan al discurso de políticos y parlamentos de cualquier signo ideológico como algo normal. Mayorías que clamaban por sus derechos civiles amenazados por los “Big Brothers”[1], aceptan la vigilancia digital epidemiológica más rigurosa −vía móvil/cámaras/internet− como una bendición del mismísimo Dios. Las criticadas experiencias china, coreana y de Singapur en el monitoreo de la ciudadanía, son copiadas y perfeccionadas por Europa, Rusia y los Estados Unidos.

Mientras, en El Salvador la Covid-19 nos cambia la vida aceleradamente. Si el comercio en línea todavía era endeble, de pronto se anuncia como el posible salvador de la economía de muchas empresas y la producción local de los campesinos, las micro, macro y medianas empresas, incluso los trabajadores informales, van a recibir ayuda del ejecutivo, en plan aprobado por la Asamblea Legislativa.

Entonces digamos, bienvenidos a la nueva era.

*Doctor en Ciencias Históricas. Editor de VOCES


[1] Poderes Fácticos

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