Deysi Cheyne[1]

Después de un año de emergencia a nivel global debido a la pandemia provocada por la COVID-19, los problemas más acuciantes de la humanidad parecen aflorar con mayor intensidad. La pobreza y la violencia tienen, hoy más que nunca, rostro femenino, y siendo como son, problemas estructurales vinculados al sistema patriarcal capitalista, en su versión neoliberal, requieren de nuevas formas de pensar sobre los caminos de abordaje y búsqueda de respuestas.

La pandemia ha trazado una línea imaginaria que separa una normalidad de otra que aún está por diseñarse. Es esta la oportunidad. Quienes vamos a participar en el nuevo diseño de una sociedad post pandémica estamos llamados a indagar que pasó durante esta etapa, como se trastocaron los roles sociales de género, como enfrentamos la convivencia entre seres humanos con los mismos miedos e incertidumbres, y con qué ojos y oídos estamos viendo y oyendo el mundo de hoy.

Los seres humanos, por naturaleza, somos seres sociales, es decir, somos y existimos siempre en relación con las y los otros. Somos seres gregarios, vivimos agrupados en familias, comunidades, sociedades, que nos influyen y nos vuelven interdependientes. La socialización como proceso psicosocial nos forja como individuos portadores de personalidad única e irrepetible y, al mismo tiempo, siendo reflejo del entorno social que nos determina cultural y socialmente.

Una de las mayores preocupaciones del movimiento feminista ha estado relacionada con el avance hacia la igualdad y equidad de género y con ello avanzar en el respeto y cumplimiento de los derechos humanos de las mujeres. Una apuesta grande de las últimas décadas fue reformar el Estado neoliberal para ponerlo al servicio de las demandas de las mujeres y su mayor logro ha sido un nuevo marco legal y jurídico que define los mecanismos para generar mejores condiciones de participación para las mujeres y prevenir y atender la violencia de género.

Los derechos, plasmados en normativas, leyes, Constituciones, son condiciones instrumentales que orientan su cumplimiento para permitir la realización como personas humanas. Es decir, los derechos humanos son libertades, facultades, instituciones o reivindicaciones relativas al bienestar primario y básico de los seres humanos.

Los derechos son para todas las personas, por el simple hecho de su condición humana, y constituyen la garantía de una vida digna, “sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. Cuando hablamos de derechos de las personas, estamos hablando de dos elementos clave para la vida humana: la libertad y la dignidad. La libertad entendida como facultad y derecho de las personas para elegir de manera responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad, y la dignidad como la cualidad de respeto hacia sí mismo y hacia los demás.

A partir de estas premisas, la lucha por los derechos de las mujeres se contempla como una necesidad no solo de las mujeres sino de toda la sociedad, incluyendo en ella a los hombres.

De manera muy clara, un concepto venido de instancias internacionales interesadas en la igualdad y la equidad de género, intenta consolidar esta necesidad en lo que se nombra como la justicia de género, entendida como la lucha por la promoción y protección de la dignidad de las mujeres y los hombres, expresada en relaciones de poder armoniosas y equilibradas que garanticen igualdad y equidad entre los géneros[2].

La justicia de género implica, por lo tanto, la eliminación de todo tipo de discriminación y la erradicación de todos aquellos sistemas institucionales, culturales e interpersonales de privilegio y opresión que mantienen la discriminación. La justicia de género tiene como propósito eliminar las desigualdades entre las mujeres y los hombres que se producen en la familia, la comunidad, el mercado y el estado. Es decir, la justicia de genero implicaría el establecimiento de relaciones justas entre las mujeres y los hombres que promuevan y conduzcan al desarrollo, el bienestar y la felicidad de todos los seres humanos. Por lo tanto, si queremos lograr relaciones equilibradas y armoniosas entre hombres y mujeres, tenemos que pensar en seres humanos en relación.

Avanzar en los derechos de las mujeres, involucrando a los hombres

Cuando hablamos de derechos humanos de las mujeres, nos estamos refiriendo a condiciones sociales, económicas, culturales, políticas, ambientales, favorables para la vida y el bienestar de las mujeres, en su relación con los demás: con otras mujeres, con otros hombres, con su familia, con su madre, con su padre, con sus hijos/as, su comunidad, etc. Entendemos el bienestar como una estado psicológico y emocional entre la persona y su entorno socio-cultural, el cual está determinado por factores sociales, ambientales y biológicos. Este bienestar le da al individuo capacidad para interactuar de manera armónica con su ambiente y enfrentar las tensiones de la vida diaria, realizar mejor su trabajo, tener mejores relaciones con las personas de su entorno y estar satisfecho de ello. Es decir, no podemos pensar en avanzar en los derechos humanos solo de las mujeres, desconociendo las relaciones de género con los demás, incluyendo aquí a los hombres.

Entonces, la pregunta es: ¿podemos lograr derechos humanos, bienestar, felicidad en la vida de las mujeres, sin tomar en cuenta a los hombres? La experiencia nos ha indicado que la toma de conciencia que las mujeres hemos adquirido sobre nuestro género y la deconstrucción que hemos hecho de nuestras identidades, se han enfrentado a la “inconciencia de género” de los hombres con quienes nos relacionamos y a la resistencia masculina a cambiar su condición de privilegio y dominación.

La lucha feminista por la defensa de nuestra libertad y dignidad como mujeres ha requerido enormes esfuerzos individuales y colectivos. Hoy podemos decir con certeza que la utopía de la igualdad y la equidad de género nos ha estimulado y cambiado la vida. Pero hoy reconocemos que necesitamos a los hombres en esta misma lucha, a hombres con conciencia de género, comprometidos con la justicia de género. Si queremos relaciones equilibradas y armoniosas tenemos que construirlas juntos, hombres y mujeres, cada quien despojándose de sus vicios y defectos y apropiándose de lo mejor que llevamos como seres humanos.

Desde la practica política feminista hemos aprendido a luchar tenazmente por nuestros derechos. Lo que de género tienen nuestros Estados neoliberales se debe, precisamente, a esa lucha. Hoy, en el tiempo y en el espacio que nos toca vivir, se imponen estas preguntas: ¿Como hacer este tránsito hacia la justicia de genero sintiéndonos corresponsables de esta utopía? Por ahora, hay muchos hombres esforzándose para deconstruir sus masculinidades opresoras y opresivas, pero, entre hombres. Y hay miles de mujeres en búsqueda de condiciones más humanas y más justas para las mujeres, pero entre mujeres.

Llego el momento del diálogo intergenérico. Un dialogo profundo, reflexivo, respetuoso, horizontal, abierto, honesto, que nos permita abordar LAS RELACIONES DE GENERO: cómo se construyen, cómo se deconstruyen, qué se oculta debajo de nuestras feminidades y masculinidades, cómo nos volvemos cooperativos y colaborativos, corresponsables de la vida misma, de la que somos responsables todas y todos. Cuáles son nuestros miedos y nuestras certezas, nuestros sueños y anhelos. Con qué mundo soñamos. Y qué diseño podemos hacer juntos y juntas de esta nueva sociedad.

La pandemia parece haber develado muchas de nuestras intimidades de género, a reconocer que como seres humanos somos vulnerables y tenemos derecho a tener miedo, a llorar, a sentir incertidumbre del presente y del futuro, independientemente de si somos mujeres y hombres. Hablemos de esto entre seres humanos, dialoguemos, negociemos. Soñemos que juntos y juntas podemos.


[1] Investigadora docente y coordinadora del Comité de Género de la Universidad Luterana Salvadoreña.

[2] Este concepto aparece en la Política de la Federación Luterana Mundial para la Justicia de Género. Recuperado de: https://www.lutheranworld.org/sites/default/files/DTPW-WICAS_Gender_Justice-ES.pdf

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