Dagoberto Gutiérrez

A principios de los años sesenta del siglo pasado, Chalchuapa era una ciudad muy tranquila, se podía andar en la calle después de las once de la noche, sin ningún problema. Acostumbrábamos salir a esquinear, a reunirnos dos, tres o cuatro jóvenes, en cualquier esquina de la ciudad, bajo la luz del foco del alumbrado público, para hablar de cualquier cosa y para contar chistes. Luego, con toda tranquilidad, cada quien se iba para su casa.

En una de esas noches, un productor de flores de esterina que se vendían el día de finados para enflorar las tumbas de los difuntos, me abordó en la calle, diciéndome: tome Dago, para que lea. Luego, nos despedimos. Al llegar a mi casa, puse las hojas dobladas que me había entregado debajo de la almohada, sin leerlas. Los días pasaron, con sus horas y sus minutos. Semanas después, a la altura de las once de la noche, golpes precipitados en la puerta de mi cuarto que daba a la calle, me despertaron. Era claro que quienes tocaban tenían urgencia y hasta desesperación. El que tocaba se identificó, diciendo: soy Lencho, de San Juan Chiquito. Era Lorenzo Rodríguez, un campesino de ese cantón, situado al sur de Chalchuapa. Esa noche había muerto su hija, de parto, y tenía apenas, 16 años. Lencho lloraba angustiosamente y pedía ayuda para la vela. Mi familia le proporcionó azúcar, pan, candelas, café, y otras cosas, para darle a los asistentes a la vela. Al marcharse Lencho quedé convencido que, a esas alturas, cuando las mujeres seguían muriendo de parto era porque la injusticia y la explotación reinaba en el país, y los responsables y culpables eran la oligarquía cafetalera, así, con estas palabras. Recientemente había leído un trabajo que se refería a la historia de la oligarquía en El Salvador.

 Busqué debajo de mi almohada, el material de lectura que semanas antes me habían entregado en la calle, y empecé a leerlo. Se trataba de un pequeño periódico, a manera de folleto, que se llamaba La Verdad, órgano del Comité Central del Partido Comunista de El Salvador. Leí de la primera hasta la ultima palabra y estuve plenamente convencido y de acuerdo con todo su contenido. Hablaba de una sociedad sin explotación, del papel político de las clases obrera y campesina, de la alianza política entre ambas, de la construcción del Partido Comunista, de la necesidad de estudiar la estructura clasista de la sociedad en que vivimos. Se trataba de una manera diferente de entender la sociedad y de la necesidad de transformar esa realidad, aunque no ahondaba mucho en la manera de hacer esas transformaciones.

Al día siguiente, busqué al que me había entregado el periódico. Cuando le expresé mi total acuerdo con su contenido, me preguntó, con una leve sonrisa dibujada en su rostro: y usted qué sabe de marxismo, absolutamente nada, le respondí. Entonces, lo vamos a incorporar a un círculo de estudio, afirmó.

 En efecto, en una humilde pieza de un mesón, una vez a la semana durante 7 meses, leímos y discutimos artículos, folletos, uno de ellos llamado “Lecciones fundamentales de filosofía”. Éramos cuatro, conmigo. Los otros eran un albañil, Padilla, un campesino, Tanis, y un panadero, el Chino Jorge. Al final de esta especie de curso político, vino el ingreso al Partido Comunista de El Salvador.

En una noche oscura, caminamos como dos kilómetros fuera de la ciudad. Al llegar a un cafetal, nos introducimos como una cuadra a la derecha de la calle real, llegamos a un espacio sin árboles, y ahí, en silencio y en lo oscuro, me juramentaron como miembro del Partido.

A partir de ese momento, me consideré ilegal, clandestino, y con un compromiso inquebrantable hacia la gente que, al igual que yo, habíamos decidido tocar las estrellas con la frente. Nadie debía saber mi militancia, ni mi familia, ni mis amigos, solo los compañeros del Partido.

Se trató de una vida diferente, y no solo de una visión distinta del mundo, sino de las relaciones humanas, de la relación con el poder, y del aprendizaje de las reglas rigurosas de la clandestinidad. Décadas después, diferentes personas me han dicho que, en el pueblo, la gente sabía que yo era comunista, que era una especie de secreto a voces, pero lo entendían como un interés intelectual en una ciencia que se llamaba marxismo, que se trataba de una persona estudiosa que tenía mucho interés en la realidad del país.

Nos dedicamos con mucho afán a la organización de los jóvenes y creamos, para empezar, varios equipos de futbol, integrados por jóvenes de la localidad. Uno se llamaba “La estrella roja”, otro, “La victoria”, y cada semana yo me reunía con los jóvenes futbolistas para hablar de temas diferentes, ya sea de la localidad o del país.

Con parte de esos jóvenes, nos incorporamos a la campaña electoral de 1967 y los diferentes equipos que se organizaron nos íbamos a las zonas rurales, dormíamos debajo de las carretas de los campesinos o en los corredores de las casas, comíamos a orillas de los ríos, endurábamos huevos con el agua de esos ríos y hablábamos todos los días con los campesinos. Esa experiencia nos ayudó a patear y conocer los caminos rurales, a ganar resistencia física para largas caminatas, a dormir fuera de las casas familiares, y sobre todo nos ayudó a aprender, a escuchar las opiniones de la gente.

Al año siguiente, en 1968, vino la primera gran huelga nacional de profesores, organizados en la Asociación Nacional de Educadores Salvadoreños (ANDES 21 DE JUNIO). Esta fue una lucha reivindicativa, salvajemente reprimida a nivel nacional, con fusiles y corvos. Todas las escuelas del país, públicas y privadas, fueron cerradas por los profesores, y las manifestaciones estaban presentes en todas las ciudades; mientras, los profesores se concentraban en determinadas escuelas en cada localidad. Los volantes, las pegas y las pintas en apoyo a la huelga, aparecían en las paredes, las cunetas y en los árboles. Esta huelga fue también un importante ejercicio de lucha ideológica. Al mismo tiempo que el Partido Comunista, otras organizaciones participaron en esta importante lucha de masas, y la influencia y conducción del movimiento, eran discutidas ardientemente, milímetro a milímetro. El pueblo aumentaba diariamente el respaldo a la huelga de los profesores de sus hijos.

Este movimiento expresó el quiebre del aparato ideológico de la educación que, desde siempre, había estado controlado, influido y dirigido por el Estado de la oligarquía. Eso había terminado y velozmente se acercaba la década de los años setenta, que resulta ser decisiva para el desarrollo del Partido Comunista y el crecimiento y fortalecimiento de un movimiento popular, que fue enriquecido por un ensanchamiento de las fuerzas participantes.

En este escenario encendido, los comunistas encontramos la manera de conversar y discutir con los demócratas cristianos, cuya cúpula dirigencial era preponderantemente anticomunista, pero que sabían muy bien que solo en alianza con otras fuerzas se podía derrotar electoralmente al Partido de Conciliación Nacional, que era el partido de los militares y dueño del gobierno.

Entre la huelga magisterial y la alianza con la Democracia Cristiana se construyó un puente de entendimiento que fue fundamental para los acuerdos políticos entre nuestras fuerzas (Partido Comunista y Democracia Cristiana), así como con el Partido Movimiento Nacional Revolucionario, de tendencia social demócrata, dirigido por figuras como Guillermo Manuel Ungo y Hugo Navarrete, con quienes, el Partido Comunista tenía una especial relación, que llegó, incluso, a contribuir con nuestras firmas para la inscripción del MNR como partido en el Consejo Central de Elecciones.

No pocos profesores huelguistas eran demócratas cristianos y nos conocimos en la huelga, nos hicimos amigos, fuimos reprimidos y perseguidos, y cuando se trató de construir una alianza con el partido de esos luchadores, ese acuerdo tuvo el respaldo de abundante militancia demócrata cristiana.

Aquel juramento hecho en aquel cafetal oscuro. hacía muchos años, seguía funcionando y caminando en los lomos de ese potro salvaje que se llama historia.

San Salvador, 13 de enero del 2021

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