Mauricio Manzano

La contradicción principal que se percibe en la política salvadoreña es un choque entre lo tradicional y lo emergente. Evidentemente, con el fin de la guerra civil, 1992, se abrió una nueva coyuntura política, el FMLN de grupo armado pasó a ser un partido político y entra en la lucha por conquistar el poder, hasta que el año 2008 triunfa en las elecciones presidenciales derrotando al partido de derecha ARENA quien tenía 20 años en el gobierno. Sin embargo, 10 años después, en el 2019, el FMLN era derrotado por un joven disidente de sus filas quien triunfaba en primera vuelta con un 52% de los votos válidos, 1, 434,856, según el TSE.

Con el triunfo presidencial de Bukele, en el 2019, se ponía fin a la hegemonía bipartidista del FMLN y ARENA, que se habían sucedido el poder durante los últimos 30 años y se abrió una nueva coyuntura que lo más probable es que se consolide en el 2021 con el triunfo de un nuevo partido político, Nuevas Ideas, fundado por el actual presidente, y se consume con una reforma a la Constitución de 1983. Estos acontecimientos: el inminente triunfo de Nuevas Ideas en 2021, ratificado por todas las encuestas publicadas, y una posible reforma constitucional genera incertidumbre al régimen político tradicional. Sin embargo, para el pueblo que eligió al actual gobierno sigue representando una alternativa, aunque no garantice ser la solución.

La incertidumbre que provoca el Gobierno actual, por un lado, no es tanto por el perentorio triunfo de su partido o la reforma de la Constitución, lo que provoca y aumenta la incertidumbre es que es un gobierno que se conoce poco y del cual no se sabe cuáles son sus referencias políticas, ni mucho menos al servicio quienes están. Por otro lado, el temor que genera en las fuerzas políticas tradicionales es, en primer lugar, que esta nueva fuerza pueda llegar a tener el control de los órganos del Estado más determinantes y, en segundo lugar, que estas fuerzas tradicionales puedan ser investigados por posibles actos de corrupción y terminen huyendo o en la cárcel.

En este contexto la pandemia del Covid-19 y los impactos derivados de ella lo que ha provocado es la agudización de esta contradicción política entre lo tradicional con lo emergente. Con frecuencia se escucha hablar que el país está inmerso en una crisis política y social. Ciertamente, esta polarización política se ha convertido en un peligro inminente para los principios democráticos, los derechos de los ciudadanos, el desarrollo social y nos vuelve más vulnerables frente a las tragedias naturales que afrontamos periódicamente. 

Sea como sea qué transcurran los menos de cuatro años que le restan al gobierno actual, quizás lo más notable que permanecerá en la historia, no será las transformaciones sociales y económicas que prometió, ni como enfrentó la pandemia, la educación, la salud, las desgracias naturales, incluso la seguridad. Lo más significativo será que estos años que le quedan en el gobierno significará el cierre definitivo de la post guerra y la desaparición de sus protagonistas principales durante treinta años, como clase gobernante, en el escenario político del país.

Quizás en un futuro se configure otra fuerza, cualquiera que sea, será necesario que las políticas implementadas se desarmen de sus intereses partidarios, económicos y electorales y trabajen por un plan de nación, donde el centro sea el ser humano, el bien común, el cuido del medio ambiente  y una educación de calidad. Sería lo ideal, que comprendieran que el bien común no demanda unicidad en el modo de pensar, sino en el objetivo que los une y trabajen juntos en pos de esos fines y en beneficio de toda la sociedad. 

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