DagobertoGutiérrez

Este 28 de febrero, el pueblo acudirá a una votación que, como todas las que hemos conocido, tiene un sabor electoral aparentemente predominante, aunque, en la coyuntura política del país, lo electoral, o la escogitación de los que van a gobernar, sucumbe ante los componentes políticos, es decir, ante lo relacionado con el poder, de manera directa y sin representaciones.

En ningún momento como ahora, la llamada representatividad aparece en paños menores ante la sociedad, afectando todo el régimen político del país. Hasta ahora, el bloque encargado de mandar lo ha hecho con una falsa calidad de representar al amplio bloque de los que obedecen los mandatos de los que mandan. Los gobernantes comprenden a los dueños del poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, al fiscal general, a las procuradurías, a la Corte de Cuentas, y todos estos aparatos políticos, llamados instituciones en la ciencia del Derecho, necesitan de la sombrilla de la representatividad. Es esta, precisamente, la que ha sido quebrada y la que es desafiada como nunca antes lo habíamos visto.

Los diputados de la Asamblea Legislativa aparecen en la primera línea del repudio social y esto es grandemente significativo porque, precisamente, estos funcionarios son calificados              por la Constitución como “representantes del pueblo entero”; en tanto que, el resto de funcionarios, son calificados como “delegados del pueblo”, es decir, que usan un poder ajeno y que no les pertenece porque es del pueblo.

Lo que ocurre en este momento en el país es una rebelión contra el régimen político, pero sin fusiles, usando el recurso del voto, que siempre ha servido para fortalecer el orden conveniente a los oligarcas. Se trata de un zarpazo que puede, si las circunstancias se construyen, alcanzar a la yugular del orden político.

En todas las elecciones que conocemos, los partidos políticos y sus candidatos han sido las estrellas fulgurantes; mientras que el pueblo ha funcionado como un gigantesco almacén de votos que aporta los votos necesarios para los candidatos. Mientras, el negocio de la publicidad y las inversiones crecientes, hacen que las cuentas suban hasta el cielo estrepitosamente, y la campaña sea, por eso, exitosa y democrática.

En esta coyuntura, sin embargo, esta lógica perversa aparece quebrada y los candidatos intentan a toda costa que no los identifiquen con ningún partido, buscando aparecer como una credencial de categoría, sin ninguna experiencia política anterior, y todos aparecen hablando a titulo personal, con campañas financiadas por cualquier sector, incluyendo a los partidos, pero sin que este sea lo más destacado. Estos candidatos, incluso, se suman a los que critican a los partidos políticos, pero todos sabemos que la Asamblea Legislativa es propiedad de los partidos, y los diputados también, así como todos los funcionarios cuya elección corresponde a la Asamblea Legislativa.

En la actual coyuntura, el protagonismo aparece y parece estar en manos del pueblo y no de los partidos ni de los candidatos.

La coyuntura expresa una prolongada crisis, en donde los de arriba no pueden seguir gobernando como antes lo han hecho, y los de abajo no quieren seguir siendo gobernados como antes. Este componente grafica con fidelidad lo que ocurre en el régimen político del país, que ha tomado por sorpresa a los grupos que detentan el poder. Esta claro que el viejo y agrietado poder oligárquico, que controla la economía, la ideología, la educación, la salud y la cultura, ya no puede gobernar como antes. Pero, hasta ahora, no aparece alternativa y también está claro que los sectores populares están hartos y rechazan la política oligárquica de los partidos políticos, aplicada hasta hoy. Por eso es que en esta coyuntura no resultan ser los partidos políticos los únicos derrotados porque también está siendo vencido el inmenso aparato ideológico que la oligarquía y la burguesía del país, han usado con eficiencia para someter y controlar cualquier rebelión o disidencia del pueblo. Pero, también está siendo derrotado, el modelo económico neoliberal, que los partidos políticos han puesto en práctica, de manera ortodoxa, durante 30 años, en nuestro país.

Por ahora, la crisis a la que nos referimos aparece situada en el territorio de la clase gobernante, es decir, la clase que administra el poder de la clase dominante. Por eso es que, aparentemente, todo se mueve en el terreno de los aparatos políticos, porque lo que se está resolviendo es, o un eventual rompimiento de la tradicional administración oligárquica, o la continuidad de esa administración, pero con nuevos administradores que, en este caso, podrían estar aspirando a ascender en la escalera del poder hasta llegar a ser parte de los “grupos de sangre azul”. Estos grupos no admiten a intrusos y defienden con dientes y corazas cualquier intromisión no deseada.

Sin embargo, un eventual control de los aparatos que administran el poder de los dominantes, podría construir una correlación insuperable para estos sectores, pero todo esto está por definirse en los meses siguientes.

Hasta ahora, el pueblo está votando de manera negativa, por lo menos en una forma fundamental, pero el gobierno aparece con cuentas pendientes para ser considerada como una gestión popular, usa el alimento y el dinero para ganar voluntades, con financiamiento estatal.

Por ahora, podemos considerar que este gobierno tiene 3 posibles líneas de conducta: a) Uncir su gestión, nacional e internacional, a la política estadounidense. Sabemos que las administraciones del Partido Demócrata aplican una política exterior agresiva y guerrerista, como ya lo empezamos a ver en el reciente ataque militar a Siria. b) Desarrollar un entendimiento con los sectores dominantes del país. Esta resulta ser una variante lógica porque hasta ahora, la gestión gubernamental no amenaza, ni confronta, ningún interés fundamental de las oligarquías locales. Es verdad que está el conflicto con los aparatos partidarios oligárquicos, pero, a diferencia del desprestigio de éstos, el gobierno aparece con encuestas favorables y con apoyo del pueblo, y c) El gobierno decida trabajar para el pueblo y con el pueblo, y esto significará realizar transformaciones que toquen las estructuras del poder político, iniciar el desmontaje del modelo neoliberal, y avanzar en las políticas que mejoren la vida de los seres humanos.

La definición por cualquiera de estos caminos, sin duda, se encontrará con el criterio político de la gente que está votando para deshacerse de esos partidos políticos y de esos políticos corruptos, usando para ello al actual presidente. Hay que saber que el voto no solo va en esa dirección porque, al mismo tiempo, el pueblo exige una vida mejor y está votando también para eso, para el trabajo con un salario digno, para una educación de calidad, para una salud humana, por una reforma fiscal, una reforma agraria, una política justa de pensiones, en fin, es un voto por un nuevo país y no solo por un nuevo gobierno.

Se trata, entonces, de un entramado social, en donde el pueblo sufre y llora como nunca antes lo había hecho. Es victima del empobrecimiento generado por el neoliberalismo, que lo ha obligado a abandonar a su patria.

Este mismo pueblo tiene ahora condiciones para elevar a niveles muy altos su actividad política, sus niveles de organización y de formación. Por algo, ahora, el voto, que es un fenómeno jurídico, es, a la hora de decidir usarlo o no usarlo, una decisión política que solo está en manos de millones de hombres y mujeres del país.

Por eso, este domingo 28, el arma política del voto será previsiblemente usado para deshacerse de un orden y para aspirar a otro orden diferente.

Deja una respuesta