sábado , enero 28 2023
Foto proporcionada por la familia Anaya

Herbert Anaya Sanabria: historia de un defensor del pueblo

Era chelito, pelo colocho y negro, a veces con bigote y a veces no. Tenía un humor considerado por Rosa, su hija mayor, como “rayando en lo negro”, el cual también usaba para soportar y enfrentar la grave represión de aquella lejana década de 1980, la cual lo arrancó de su familia.

El tiempo pasa, pero Herbert esposo, Herbert padre y Herbert compañero aún sigue presente en la memoria. A 35 años de su asesinato, esta es su historia narrada por su esposa y tres de sus hijas.

Por Diego Hernández, jefe de prensa de VOCES


“Era todo loco. Bromista. Trataba de enfrentar toda la represión, el miedo… desafiar esa maquinaria que aplastaba a cualquiera no era fácil. Él lo hacía con un buen humor. A veces me decía: “y yo no entiendo por qué me quieren matar estos. ¿Y yo quién soy?”, dijo entre risas al describirlo Mirna Perla, su esposa, además de abogada, exjueza de paz y exmagistrada de la Corte Suprema de Justicia.

Mirna y tres de sus hijas, en entrevistas a profundidad brindadas a VOCES, coincidieron en su interés en lo misterioso y su curiosidad insaciable. “Le gustaba el universo, las cosas inexplicables. Creía en los extraterrestres”, afirmó Edith Anaya, la menor de todos los hijos.

Rosa lo definió mejor: era humano. No un superhéroe, simplemente un humano curioso, amigable, empático, que utilizaba su humor para afrontar las condiciones de vida inhumanas salvadoreñas y con un fervor por defender los derechos humanos de cualquier persona que se acercaba a las oficinas de la no gubernamental Comisión de Derechos Humanos de El Salvador (CDHES) o de la que Herbert se enteraba que había sufrido una violación a su integridad, ya sea física y psicológica.

La única foto donde aparecen todos los integrantes de la familia Anaya Sanabria, más la madre de Herbert. Línea de arriba de derecha a izquierda: Mirna Perla, Herbert Anaya, madre de Herbert. Línea de abajo de derecha a izquierda: Miguel Anaya, Rosa Anaya, Rafael Anaya, Edith Anaya y Gloria Anaya. Foto proporcionada por la familia

“No era nada sobrenatural. Era mi papá. Una persona. Un ser humano con virtudes, con errores; que tomó decisiones que en ese momento la historia le demandaba, pero eso fue una decisión, fue una opción, pudo haber dicho que no en cualquier momento”, mencionó Rosa.

Fue tanta su convicción de defender los derechos humanos que en 1983 tomó la extremadamente peligrosa responsabilidad de dirigir la CDHES.

Esta organización nació en 1978 y congregó a destacados defensores de derechos humanos, entre ellos a Marianela García Villas, quien siendo presidenta de la organización fue herida en un ataque en Suchitoto mientras investigaba posibles violaciones a los derechos de la población civil. García Villas fue secuestrada y llevada a la Escuela Militar en helicóptero. Luego, fue entregada muerta al Hospital Militar.

Antes de su asesinato, al menos cinco miembros de la CDHES habían sido asesinados o desaparecidos, además de que el local de la institución sufrió dos ataques con bombas a inicios de los 80.

Herbert no se inmutó, aun cuando el 26 de mayo de 1986, en presencia de Mirna y sus hijos, miembros de la extinta Policía de Hacienda lo secuestraran, mantuvieran en las instalaciones del temible cuerpo de seguridad y después lo trasladaron a la prisión de Mariona, a donde llevaban a los presos políticos.

Fue torturado física y psicológicamente, pero aun así logró -junto a compañeros de la CDHES que también habían sido encarcelados- sistematizar y redactar dentro de la prisión el informe “La tortura en El Salvador”, que recopiló los distintos métodos de tortura utilizados por las fuerzas de seguridad del Estado en contra de las personas privadas de libertad.

Parte del informe que describía y sistematizaba los métodos de tortura utilizados en contra de las personas presas políticas por parte de los cuerpos de seguridad estatal. Foto: Diego Hernández.

Herbert fue finalmente liberado el 2 de febrero de 1987 en un canje de prisioneros. Aun así, no claudicó en su lucha por la defensa de los derechos humanos.

“La preocupación de no seguir trabajando por la justicia es más fuerte que la posibilidad cierta de mi muerte, esta es sólo un instante, lo otro constituye la totalidad de mi vida”, afirmó el mismo Herbert en su testimonio escrito sobre los días como preso político.

En agosto, Herbert sufrió otro intento de secuestro, pero logró escapar. A pesar de haber anotado el número de placa del carro que manejaban los secuestradores y de haber denunciado el hecho a las autoridades, el intento no se investigó.

“Para mí Herbert era mi amigo, mi compañero, el padre de mis hijos, el gran amor de mi vida. Juntos habíamos pasado muchas cosas. A pesar de que no fue tanto tiempo el que estuvimos juntos, era alguien con quien yo plenamente me identificaba. Teníamos nuestros ideales de que en El Salvador hubiera un cambio. Sabíamos que no era fácil, que probablemente nos mataban a los dos. Era bastante complicado el saber que ya no lo iba a ver”, relató Mirna.

El día de “mi muerte”

“Todo está definido por sos o no sos enemigo”

Fragmento del poema “Libertad” de Herbert Anaya

Recordar el 26 de octubre de 1987, el día que asesinaron a Herbert, sigue siendo durísimo para sus hijas Gloria, Edith, Rosa, y su esposa Mirna.

Las emociones se encontraron a flor de piel, pues no es fácil traer al presente el día en que el defensor de derechos humanos recibió seis disparos mientras se disponía a llevar a sus hijas a la escuela.

Luego de su secuestro, Herbert no dormía con su familia. Sin embargo, el fin de semana anterior al 26 de octubre, que fue lunes, sí se había quedado más de lo normal en la casa familiar, ubicada en la zona de la colonia Zacamil, en el municipio de Mejicanos.

 “Herbert amaba mucho su vida casera. Sí recuerdo que el domingo habíamos salido, y llegamos como a las 8 de la noche. Había un gran operativo de la Fuerza Armada. Estaban ahí en la entrada de la colonia”, dijo Mirna.

Gloria y Rosa recuerdan que Herbert había cocinado una crema de cebollas, aunque el platillo no era del agrado de su agrado. A pesar de ello, recuerdan que a él le gustaba cocinar, y, al probar la crema, descubrieron que estaba apetitoso.

Gloria estaba preocupada porque no había hecho las tareas para el lunes. “Era bien estricto con las tareas. Yo estaba apurada haciendo mis tareas. Él llegó y yo pensé: “me va a regañar”, pero no, llegó súper contento y me dijo que me felicitaba, porque yo era bien responsable. Que esperaba que fuera así siempre. Yo me quedé sorprendida de porqué me había dicho todo eso”, dijo Gloria entre lágrimas.

Herbert prometió que los iba a ir a dejar y a traer de la escuela el siguiente día.

Ese lunes sucumbió con frío y viento, típico de los octubres de antaño, provocando que los niños estuvieran resfriados.

Mirna y Herbert se levantaron temprano para alistarse y preparar lo que los niños debían llevar a la escuela. Rosa, siendo la mayor, se despertaba primero para organizar sus cosas y luego levantar a sus hermanos. Ellos entraban a la escuela a las 7 a.m., por lo que debían despertar temprano.

Cuando ya todos se encontraban en la primera planta de la casa, Mirna preparó la eterna receta salvadoreña en contra de los resfriados provocados por temperaturas gélidas: miel con limón. Herbert le dijo a Rosa que iba a salir para calentar el carro, a lo que ella le acompañó inmediatamente. Pudo ver la silueta de su padre generada por el contraste de luz de afuera de la casa con la de adentro.

Rosa caminaba con su mochila puesta en su espalda y a unos metros de Herbert. Avanzó hacia el parqueo de la colonia, que en aquel momento no tenía portón, ni muro protector, árboles, o siquiera muchos carros.

El camino tomado por Herbert y Rosa el día del asesinato. Foto: Diego Hernández
Desde esta posición Rosa Anaya vio el asesinato. Foto: Diego Hernández

“Estaba en la salida del pasaje ya para ver al parqueo y vi a mi papá porque se estaba subiendo al vehículo. Yo no lo veía a él. Veía solamente su cabeza. De ahí, yo de verdad no me acuerdo qué pasó. Hay un bloqueo mental, pero la siguiente memoria que tengo es que hay una señora que venía con un perrito y solo recuerdo que, como cuando te despertás de un sueño, la señora venía corriendo hacia mí, y yo recuerdo que cuando reaccioné era la mano de la señora para darme una cachetada, porque yo no reaccionaba”, relató Rosa.

Eran aproximadamente las 6:30 de la mañana del lunes 26 de octubre de 1987. Rosa acababa de ver cómo un hombre le disparaba seis veces a su padre; uno de estos impactando la cabeza del defensor de derechos humanos. De acuerdo con el Informe de la Comisión de la Verdad, tres hombres fueron parte del asesinato, uno que disparó, otro que vigiló el entorno y el último condujo el vehículo de escape.

Herbert quedó tirado en el suelo, con un pie colgado dentro del carro y un río de sangre manchando su camisa azul y sus pertenencias.

Agenda que Herbert cargaba en el momento de su asesinato. La mancha en las páginas es la sangre del defensor de derechos humanos. Foto: Diego Hernández.

Ninguno de los hombres ha sido identificado hasta el día de hoy.

Rosa lanzó su mochila hacia cualquier lado, cayendo en el patio de la casa aledaña, y se echó a correr hacia su casa donde todavía se encontraba su familia.

Mientras tanto, su mamá y sus hermanos no se percataron de nada. El arma utilizada por el asesino había sido equipada con un silenciador, y en la casa no se había escuchado ninguna detonación.

De repente, temor, caos, miedo. “¡Mamá, mi papá está echando sangre!”, llegó gritando Rosa. Mirna inmediatamente reaccionó. Les dijo a sus hijos que se quedaran en la casa mientras ella fue al estacionamiento.

“Para mí cuando me dicen que lo han matado… esa sensación, ese momento, del sufrimiento de Herbert sí me quedó clavadísimo, y cada vez que lo recuerdo, siento como la misma sensación de angustia, agonía, miedo, incertidumbre de lo que Herbert sintió”, mencionó Mirna.

En el estacionamiento, no vio a Herbert. Él seguía en el suelo, pero ella no quiso verlo. Se subió a su Volkswagen que estaba estacionado justo a la par del vehículo donde su esposo se transportaba, y se dirigió al otro estacionamiento de la colonia.

“Yo no podía ni llorar. Tenía que ser valiente delante de los niños. Ellos no podían estar preparados para que a su papá lo mataran”, dijo Mirna con voz entrecortada.

No obstante, siempre optó por llevar a sus hijos a la escuela. En ese momento no les dijo lo que ya sabía. Rosa sabía que lo habían herido, pero no estaba segura si estaba muerto. Gloria y Edith estaban confundidas, pero sabían lo que su padre hacía. Sabían de las amenazas, intimidaciones e inclusive se fijaban en detalles como las placas de los carros que los seguían cuando salían, pero nunca se está listo para la noticia de una muerte.

En medio de la algarabía, Mirna ya había llamado a la CDHES para alertar sobre el asesinato. Ellos fueron los que contactaron al Instituto de Medicina Legal (IML) para empezar con el reconocimiento del cadáver y todos los procesos oficiales.

Después de la escuela, Mirna, familiares y amigos los llegaron a recoger. Los niños empezaron a preguntar si iban a poder ver a su padre. El tío Moisés, hermano de Herbert, dijo que sí, pero después que lo prepararan.

Días antes, relata Rosa, la señora que los cuidaba le había platicado sobre la muerte de su madre, y le contó el proceso de “preparar” a los muertos para poder ser velados. Cuando su tío Moisés dijo que iban a esperar a que prepararan a Herbert, Rosa se percató que su padre había muerto.

Sus hermanos seguían preguntando, pero ella les informó que su padre ya no estaba.

Mirna les dijo oficialmente la noticia. “Bueno ya su papá ya se fue. Ya él no va a sufrir. Ustedes deben tener la certeza que él por defender a la gente pobre, a la gente que sufre, también el sufrió lo mismo que ocurre con el pueblo”, les expresó.

La reacción de los niños fue la obvia: llorar. Su padre había sido asesinado, después de ser secuestrado y amenazado e intimidado por años por defender los derechos humanos.

No regresaron a su casa inmediatamente. Fueron a resguardarse a la sede de la CDHES donde estaban las personas de la organización y mujeres de los comités de madres. Llegó la noche y finalmente las autoridades devolvieron el cuerpo de Herbert. Fue entonces que Mirna decidió regresar a casa para descansar. No a dormir, pues no pudo, pero buscaba un minuto de silencio entre el ruido infinito que dejó en su corazón el atroz crimen.

Cuando regresan a la colonia, Mirna se llevó la grata sorpresa de que sus vecinos le pidieron que rezaran en el lugar del asesinato. Ella pensó que la gente iba a tener miedo, pero ese acompañamiento fue una primera muestra del impacto que tuvo Herbert en el pueblo salvadoreño y la capacidad de mover a las personas, aun cuando él ya no se encontraba presente.

Los días siguientes esa influencia de Herbert se hizo evidente. La gente llegó a San Salvador para velarlo. El pueblo se congregó. El primer día después del asesinato, ese pueblo se congregó en la Catedral Metropolitana, pues la cantidad de personas que viajó desde distintos puntos del país para mostrar su respeto por el defensor de derechos humanos fue enorme.

Ataúd con el cuerpo de Herbert Anaya. Foto proporcionada por la familia.

“Yo lo que recuerdo es que siempre la gente iba acompañándolo y nosotros íbamos ahí. A pesar de la seria situación de inseguridad que enfrentaba la gente al hacer eso, pero fue todos los días. Siempre había mucha gente acompañándonos”, recordó Edith. Tenía 5 años, pero aún recuerda como si fuera ayer los días posteriores al asesinato.

El cuerpo de Herbert fue trasladado a varios lugares en esa semana. De la catedral a los alrededores de la embajada de Estados Unidos para protestar en contra de la política exterior de ese país que legitimaba al gobierno del presidente José Napoleón Duarte y enviaba $1 millón diarios para gastos de guerra a El Salvador.

Las madres reunidas alrededor del féretro de Herbert. En ese momento se encontraban enfrente de la Embajada de los Estados Unidos en El Salvador. Foto proporcionada por la familia.

De la embajada al auditórium de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador; donde Herbert fue estudiante, pero nunca concluyó sus estudios para dedicarse de lleno a la defensa práctica de los derechos humanos. Su esposa considera que por su trabajo sacó más que un doctorado en la promoción y defensa de los derechos humanos.

Trataron de llevarlo enfrente del Ministerio de Relaciones Exteriores, donde actualmente se encuentra Casa Presidencial. Una fila de soldados bloqueó el acceso y les negó el paso.

“Solo recuerdo a las madres. Las viejitas, bravas porque intentaron detener nuestro avance. Yo recuerdo a las madres regañando a los soldados. Y me pareció una imagen tan normal para mí. Ese es el tipo de ejemplos al que siempre fuimos expuestos”, manifestó Rosa.

Las madres, con megáfonos, invitando a los soldados a tomar consciencia por el motivo de la marcha. Foto proporcionada por la familia.

Del auditórium a la CDHES, y de esta a la catedral el viernes para celebrar la misa y después a su entierro en el cementerio general de San Salvador.

El día de la misa de cuerpo presente, habían alrededor de 8 sacerdotes, afirmó Mirna, incluyendo al padre Jon Cortina. En un futuro, Cortina y Mirna serían fundadores de la Asociación Pro-Búsqueda, una organización que se dedica a buscar a niñas y niños desaparecidos durante el conflicto armado.

Una gran parte de la misa quedó grabada para la eternidad en un formato sonoro. Con una duración de 1 hora, la primera media hora se escucha música popular siendo tocada y cantada con la acústica de la catedral retumbando.

Dentro de la catedral metropolitana. El padre Jon Cortina (con lentes) se encuentra a la izquierda. Foto proporcionada por la familia.

De vez en cuando intervienen voces protestando contra la Fuerza Armada, el gobierno de los Estados Unidos y contra cualquiera que haya tenido un ápice de autoría o complicidad en el asesinato de Herbert.

Después, habló Mirna.

“Mi mamá da su discurso en el cual lo que yo retuve y me impactó muchísimo es cuando ella dice que si mi esposo pudiera decirles algo ahorita les diría que los perdonaba, pero les exigiría con la misma valentía que dejen de matar a más hermanos, que dejen de torturar, secuestrar. Sentía mucho orgullo de mi papá”, dijo Edith.

Precisamente, Mirna vociferó esas mismas palabras ante una multitud feligrés, laica, atea, no importaba, pues estaban ahí por Herbert y su familia.

“Quiero expresar públicamente que no exijo una venganza contra los que han sacrificado a mi esposo. Yo sé que son gente pobre también. Que han manchado sus manos de sangre, desgraciadamente porque no se les ha dado la oportunidad de tener un trabajo digno. Quiero decirles que mi esposo nunca los odió. Que mi esposo si pudiera decirles ahorita algo les diría que los perdonaba, pero que les exigiría, así con esa valentía que siempre demostró, que ya no sigan matando más hermanos, que ya no desaparezcan más hermanos, que ya no sigan castrando los anhelos del pueblo”, dijo Mirna ante el micrófono.

Luego, sus hijos.

“Gracias por ayudarle a mi papi”. “Gracias”. “Gracias pueblo salvadoreño por haberle ayudado a mi papi a ser lo que es”. “Gracias por estar aquí acompañando en este momento de pesar”. “Gracias pueblo salvadoreño por ayudarnos en este momento y por acompañarnos en este momento de pesar que nos embarga”, fueron las palabras que cada uno de sus cinco hijos expresó.

Mirna Perla en su discurso durante la misa. En la derecha, Rosa carga a Edith. Rafael y Miguel en el centro. Gloria en la parte de la izquierda. Foto proporcionada por la familia.

Poco tiempo después de las palabras de la familia de Herbert comenzó la movilización hacia el cementerio. Junto con él, un mar de gente, su pueblo reprimido y violentado en medio de la feroz guerra.

Entre ellas se encontraba Celia Medrano, defensora de derechos humanos, y Febe Elizabeth Velásquez, secretaria general de la Federación Nacional Sindical de Trabajadores Salvadoreños (FENASTRAS) e integrante del comité ejecutivo de la Unidad Nacional de Trabajadores (UNTS).

Durante el entierro. Mirna carga a Edith. El padre de Herbert se encuentra justo a la derecha de ellas. Atrás del hombre de bigote negro se encuentra Febe Elizabeth. Arriba a la derecha con una camisa rosada está Celia Medrano. Foto proporcionada por la familia.

Febe brindó un pequeño discurso con un megáfono, aunque los Anaya, quienes la conocieron, afirmaron que no necesitaba este aparato para que todas las personas presentes le escucharan, pues su voz era fuerte, como sus convicciones.

“El comité ejecutivo de la UNTS quiere dirigir este mensaje al compañero que hoy le ha tocado dar su vida por la causa del pueblo salvadoreño. Quiere dar un mensaje a sus bases, de incitación a proseguir la lucha, porque el compañero, como tantos miles de salvadoreños que han entregado su vida porque en nuestro país, nuestro pueblo, tenga mejores condiciones de vida, porque se respeten los derechos humanos, porque el pueblo salvadoreño pueda vivir en una sociedad más justa. En esta ocasión el compañero Herbert Anaya nos está enseñando y nos abre un camino para seguir luchando fuertemente, hasta derrotar todas aquellas fuerzas que oprimen al pueblo salvadoreño”, exclamó Febe ante la multitud.

La sindicalista fue asesinada por una bomba colocada en el local de FENASTRAS el 31 de octubre de 1989.

El entierro terminó con dos cantantes, una mujer y un hombre, haciendo que la letra y acordes de guitarra de “El Salvador”, por el Dúo Guardabarranco, vibrara por el aire del cementerio. “Nace del centro de estos días, vida buscando la armonía, nace del centro de este abismo, vida para salvar al istmo”, cantaron.

Tumba de Herbert Anaya Sanabria en el cementerio. Foto proporcionada por la familia.

Un luto muy del pueblo salvadoreño

La verdad para el pueblo o mejor dicho su pan de cada día es … irse volviendo un dato estadístico aumentando las cifras con sangre, con sus huesos, con su carne”

Pensamiento de Herbert Anaya escrito en el testimonio de su secuestro de 1986

Normalmente, después de que un familiar es enterrado, los parientes se toman un tiempo para lamentar y estar de luto por la muerte. Pero en El Salvador y con el blanco en las espaldas de la familia Anaya, no pudieron tomarse este “lujo”.

La vigilancia constante, llamadas intimidatorias y amenazas directas o indirectas hicieron que la familia se moviera constantemente entre lugares. “¿Te querés morir igual que tu papá?”, eran algunos de los mensajes que recibían los niños de la familia Anaya vía teléfono en su propia casa.

“Ella obviamente no se iba a quedar callada con lo que había pasado”, aseveró Edith, respecto a la respuesta de su madre.

“Herbert era mi inspiración. ¿Cómo era posible que yo me iba a callar y no iba a decir exactamente lo que sabia? Sabia con certeza que lo perseguía el gobierno salvadoreño. Que lo habían amenazado a muerte y que precisamente lo mataron porque era de las voces más efectivas, oportunas y valientes”, justificó Mirna.

El hostigamiento no cesó ni un momento. En cuanto a la investigación del asesinato, los agentes estatales tenían a una persona como sospechosa principal: Mirna Perla.

“A mí me querían acusar de ser la asesina de Herbert Anaya. Esa era la trama que hacían. A mí me llamaron de la Alcaldía de Cuscatancingo para avisarme que la policía andaba sacando los datos de mi cédula, como ahí queda la ficha. Yo ya sabía que me querían acusar”, relató Mirna.

El 26 de noviembre de 1987, un mes después del asesinato, tomó la decisión de salir del país junto con sus hijos.

Su destino fue Toronto, Canadá. El 10 de diciembre, un periódico local de la ciudad, The Toronto Star, reportó sobre el hecho con el siguiente titular “Viuda, familia salvadoreña se asientan en Metro”.

Artículo de The Toronto Star relatando el hecho. Foto: Diego Hernández, con documentos de la familia Anaya

“Sentía una gran tranquilidad porque no veía tensa a mi mamá todo el tiempo. Sabíamos que estábamos en un lugar donde las personas que le hicieron daño a mi papá y que nos querían hacer daño a nosotros ya no estaban. Esa sensación de respirar era emocionante, porque podíamos salir a jugar, a divertirnos como niños”, recalcó Edith.

En El Salvador, el país seguía actuando como siempre. El 23 de diciembre, la Policía Nacional capturó a Jorge Alberto Miranda Arévalo después de encontrarlo saboteando un camión de gaseosas.

Luego de tenerlo 12 días en custodia, periodo de tiempo que rebasaba la legalidad, la Policía Nacional afirmó que habían obtenido una confesión de parte de Miranda donde aseguraba ser parte del equipo que asesinó a Herbert.

El mismo día, Miranda fue puesto a disposición de un juez, por lo que permaneció en prisión mientras se recaudaban evidencias. Sin embargo, ese mismo día él recibió 12 mil colones de parte del gobierno, según constató el Informe de la Comisión de la Verdad. Además, advirtió que mientras estaba en custodia de la policía fue torturado psicológicamente e inyectado con una sustancia desconocida.

Un mes después, Miranda negó toda participación en el asesinato de Herbert. En los días previos a su retractación, Mirna le escribió una carta donde le aclaraba que nunca había creído la versión del gobierno de que él era el asesino.

“Te saludo, esperando que puedas leer con mucha atención esta carta. Soy Mirna de Anaya, la esposa de Herbert Anaya. No voy a acusarte. En ningún momento yo he creído esa calumnia que Duarte y el alto mando de la Fuerza Armada han tramado”, reza la carta.

Primera página de la carta de Mirna escrita a Jorge Miranda. Foto: Diego Hernández, con documentos de la familia Anaya

Resultó ser que Jorge Miranda era hijo de Domitila Miranda, amiga cercana de Herbert y fundadora del Comité de Madres y Familiares Cristianos de Presos, Desaparecidos y Asesinados (COMAFAC), organización que trabajó muy de cerca con Herbert cuando estaba vivo.

En 1991, Jorge Miranda fue condenado a 30 años de prisión por homicidio, pero salió libre en 1993 con la Ley de Amnistía.

Aunque Mirna sí retornaba constantemente a El Salvador y a distintos países de Centroamérica por su labor jurídica y como defensora de derechos humanos, los niños no regresaron a El Salvador hasta diciembre de 1991, a un mes de firmarse la paz.

Pasaron por Canadá, Estados Unidos, Costa Rica y finalmente retornaron a El Salvador; un país pequeño con una cantidad enorme de pueblo asesinado y que ostenta la medalla negra de haber vivido la peor masacre en la historia del continente cuando 978 personas, la mayoría menores de edad, fueron asesinadas por el Batallón Atlacátl de la Fuerza Armada en el cantón El Mozote y otros lugares cercanos.

Así como el caso de El Mozote y lugares aledaños, el caso de Herbert Anaya Sanabria sigue en la impunidad. En 2017, el fiscal general, Douglas Meléndez, anunció que el caso se reabriría. Un año antes la Sala de lo Constitucional había declarado como inconstitucional la Ley de Amnistía, abriendo la tapadera para que los crímenes de lesa humanidad pudieran ser esclarecidos.

Pero eso no sucedió. Hasta el momento, ningún crimen cometido durante el conflicto armado pasado ha logrado la obtención de verdad y justicia. Los asesinos de Herbert siguen sueltos.

Mirna, como lo mencionó en su carta hacia Jorge Alberto Miranda, nunca creyó que él estuviera involucrado en el asesinato. “El gobierno oficialmente ha dicho que lo mató el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) por hacer un mártir o cualquier otro tipo de motivación, cosa que tratan de justificar y quitarse su responsabilidad, aunque toda la persecución anterior delata quiénes son los responsables”, atizó.

El Informe de la Comisión de la Verdad no pudo determinar si la responsabilidad del asesinato recaía en escuadrones de la muerte, cuerpos de seguridad estatales o el ERP. El informe sí retomó información proporcionada por la Comisión de Investigación de Hechos Delictivos (CIHD), misma que estaba conformada por autoridades estatales y, que en casos como la masacre en la UCA de seis jesuitas y dos mujeres, la Comisión de la Verdad encontró que funcionarios del ente gubernamental ocultaron los hechos del caso y recomendaron destruir evidencia.

Mirna ha sostenido desde siempre que quienes lo mataron eran los que lo perseguían.

La historia de una rosa

“Alguien llamó a mi puerta

y ese alguien era mi conciencia,

aquella mía conciencia

que expiró, que murió

mas resucitó

y ha vuelto a tocar a mi puerta»

Primera estrofa del poema «Resurrección» de Herbert Anaya

“Mirá, cuando me maten, no me voy a ir. Yo me voy a quedar aquí y voy a transmitir toda mi energía a toda la gente que está alrededor. Y, ¿sabés cómo voy a expresar que ahí estoy? Poniendo una rosa en medio del escritorio. Ahí vas a saber que ahí estoy”, le dijo Herbert a una monja llamada María Isabel que vivía en San José de la Montaña. Mirna la describe como una persona cercana a Herbert, con gran autoridad moral y acompañante de las luchas del pueblo.

Herbert le dijo esto mucho antes del asesinato. En su momento, no le había dado importancia por la naturaleza bromista de él.

El día que lo mataron, María Isabel escuchó la noticia en la radio y se echó a llorar en el jardín de su hogar en San José de la Montaña. No obstante, cuando subió la mirada, vio que una rosa roja había florecido en donde nunca había habido una de ellas.

Ya lo había anticipado Herbert. De hecho, el concepto de la conservación de la energía era algo que le repetía a sus hijos. “Siempre nos habló de la muerte. Nos habló de la energía; que nos descomponíamos en un montón de vitaminas y minerales, que todo regresaba a la tierra, que la energía nunca se destruía, se transformaba”, recordó Rosa.

Rosa cuenta que la noche anterior al asesinato de Herbert soñó con un niño que murió acribillado en la casa de la familia.

“Esa noche yo soñé. Entre mi familia tengo fama de bruja y que yo tenía esa capacidad de conectarme con el más allá e interpretar los sueños”, dijo Rosa sonriendo.

En el sueño, Rosa vio a su padre que caminaba junto con un niño dentro de la casa. “Me dijo: cuida a tu mamá, cuida a tus hermanos”, relató Rosa. Inmediatamente, ella, Herbert y el niño subieron a la segunda planta de la casa y vieron por la ventana.

Rosa notó que no había ninguna otra casa a la par ni enfrente de las de ellos. Alrededor de esta se encontraban muchos soldados rodeándola. “Ve, ahí siguen esos”, dijo Herbert en el sueño. Los soldados comenzaron a disparar, pero no hirieron a Herbert.

Cuando Rosa creyó que nada había pasado, volteó a ver y se percató que el niño sí había sido alcanzado por las balas. “Después cuando vi la foto de cómo quedó mi papá, es la posición en la que este niño quedó. Con un pie sobre la cama y boca abajo. Luego bajamos y mi papá me dijo ‘es que ya me tengo que ir’”. En el sueño, esto lo dijo en la puerta de la casa, con una silueta de su padre generada por el contraste de luz de afuera de la casa con la de adentro.

Rosa vio esa silueta de Herbert una vez más en su vida, pero esta vez fue real. Esa misma escena se reprodujo enfrente de sus ojos cuando en vez de mencionarle a su hija que ya se tenía que ir, le dijo que iría a calentar el carro. “En ese momento recordé el sueño., porque cuando él salió de la casa, la silueta, como yo lo vi en el sueño, es como lo vi en el marco de la puerta en ese momento”, remarcó Rosa. Por eso fue que le siguió inmediatamente cuando Herbert salió de la casa hacia el parqueo donde sería asesinado.

Ese era Herbert. Alguien que creía en extraterrestres. Que junto con Mirna presentó a su hija Rosa en lo más alto del Tazumal al dios del Sol. Alguien que hablaba sobre la distribución de la energía de los cuerpos a sus alrededores y que se aparecía en los sueños.

Herbert y Mirna en el Tazumal con Rosa en sus brazos. Foto proporcionada por la familia.

“Alguien en algún momento nos decía: ‘es que lo intentaron callar y lo único que hicieron fue expandir la voz’”, aseveró Rosa. Ese era él. Su energía se distribuyó entre el pueblo cuando su cuerpo ya no podía contenerla, y que primero regresó como una rosa roja para después manifestarse en las miles de personas que lo acompañaron en las calles una vez más y ayudaron a transformarlo en los minerales que fertilizarían el nacimiento de nuevos defensores y defensoras de derechos humanos para El Salvador.

Memorial de Herbert en el lugar donde lo asesinaron. Foto: Diego Hernández

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