Dagoberto Gutiérrez

En una primera mirada, se trata simple o solamente de la culminación de una campaña electoral y de una votación, en donde todo parece ser normal; sin embargo, en esta ocasión, lo político resulta ser más importante que lo electoral.

Dicho de otro modo, lo relacionado con el poder político es más relevante que el proceso de escogitación que hacen los gobernados para seleccionar a los gobernantes a través del voto.

Esto es así porque este domingo 28 de febrero, están en juego componentes fundamentales del control que se ejerce sobre los gobernados. Por ejemplo, lo relacionado al poderío del aparato ideológico, mediante el cual, la oligarquía dominante controla hasta la subjetividad del pueblo gobernado.

En esta ocasión, todo ese aparato ha inducido durante largos meses al voto en contra del actual gobierno, fundamentándose en argumentos válidos y no válidos, pero de una manera total y absorbente, como raras veces se ha visto en el país. De tal manera que si el día de la votación, el pueblo vota en la forma en que lo han venido diciendo las diversas encuestas, en contra del poder de los partidos políticos tradicionales, esto significará una derrota muy elocuente de ese aparato, hasta ahora infalible.

También está en juego la posición del pueblo frente a la política neoliberal que ARENA y el FMLN han aplicado durante 30 años, y que ha significado para el pueblo pobreza, atraso, angustia y enfermedades. De igual manera, el pueblo, al votar contra el régimen de partidos políticos, también lo estará haciendo en contra del modelo económico que estos partidos han aplicado.

Finalmente, los votantes expresarán el día de la votación, su legitima aspiración a una vida mejor. Su afán de progreso humano y desarrollo social.

Es el voto por una vida digna, por salarios justos, por el agua, por las pensiones, por una educación saludable, por un ambiente equilibrado y por un presente y por un futuro con dignidad.

Toda esta aspiración va caminando, paso a paso, en cada voto depositado, hacia la construcción de un nuevo régimen político, donde el pueblo sea consultado, sea sujeto y no solo objeto, que participe en el proceso de toma de decisiones, que goce de una igualdad material y no solo formal, y que, frente al aparato de Estado, goce de derechos efectivos y respetados, pero también, que frente al mercado todopoderoso goce de la protección del Estado por el cual ha votado.

Como podemos ver, el acto de votar es un ejercicio democrático; pero, en el caso de El Salvador, resulta ser la única forma en la que esta democracia se expresa, existe y funciona.

La democracia es una forma de Estado donde se organiza la supremacía de la mayoría sobre la minoría. Cuando hablamos de democracia estamos hablando de Estado, al mismo tiempo. Pero esta palabra no debe entenderse como algo sacrosanto, sino como algo magnificado, es decir, engrandecido y embellecido, de acuerdo a las conveniencias de quien o quienes se consideran beneficiados por esta democracia.

En Atenas, parece ser que apareció la palabra, referida al poder del pueblo, pero, el noventa por ciento de la población ateniense eran esclavos y del diez por ciento restante, un diez por ciento eran libertos, esclavos que habían comprado su libertad, y solo el resto, eran los libres, es decir, el pueblo.

Estos eran los científicos y los intelectuales, para los cuales, el trabajo era una ofensa, porque era una actividad de la que se hacían cargo los esclavos. La democracia también tiene que ver con la dictadura.

Nunca la democracia es para todos en una sociedad humana; de la misma manera, la dictadura, que aparece cuando una parte de la sociedad impone al resto sus intereses, con independencia del medio usado para ello.

Esa dictadura tampoco es para todos, sino para una parte de la sociedad humana. Cuando la democracia beneficia a una mayoría, esta misma democracia es dictadura para la minoría que no es beneficiada.

La dictadura, igualmente, es para la minoría beneficiada, una democracia, y para la mayoría afectada, una dictadura.

Estas consideraciones vienen al caso porque en los aparatos ideológicos de Estado se está diciendo que la democracia está en peligro si llegaran a perder la elección los partidos políticos tradicionales, olvidando que la democracia imperante en El Salvador es, precisamente, una democracia electoral, donde esta se vive solo por el hecho de que la gente vota en cada votación.

La democracia en nuestro país no tiene nada que ver con el trabajo de la gente, con su salario, con su salud, educación, vivienda, con el agua para beber, ni con la comida que nos alimenta, sino única y exclusivamente con el ejercicio del voto, que es lo que ocurre el 28 de febrero. Precisamente es lo que la gente ha hecho o hará, de modo que no puede considerarse que el ejercicio del voto sea una amenaza a la democracia, a menos que se considere que aún en ese caso, solo habrá democracia cuando los partidos tradicionales ganen, y de otro modo, cualquier resultado será dictadura.

Según la Constitución, El Salvador es una democracia, y su gobierno es republicado, democrático y representativo, de tal manera que vivimos en una democracia, pero al mismo tiempo, también vivimos en una dictadura, pero esta es la dictadura del mercado, porque en el neoliberalismo se establece el criterio de más mercado y menos Estado.

El mercado es el rey y la reina, y estas majestades imponen su criterio en todos los terrenos de la vida de los seres humanos y los mismos aparatos ideológicos a los que nos referimos, esos que están hablando de dictadura, son expresión de esa dictadura del mercado, actúan en su nombre y existen en su nombre. Aun así, no toman en cuenta ni su naturaleza, ni su funcionamiento, como si, en tanto dictadura, reclamaran el monopolio de la misma.

De otro modo, una dictadura no amenaza a otra dictadura, a menos que la democracia se arme de suficiente pueblo, que huela a sudor, a llanto y lágrimas, a indignación, rechazo y desprecio por todo aquello que huela a engaño y a traición.

Todo este cargamento de reflexión y de malestar, de reclamo airado y esperanza sostenida, es lo que el domingo 28 de febrero se manifestará en todas las urnas, en todo el país.

Por eso es un buen momento, está en el camino de la construcción de una nueva sociedad y de un nuevo país, y de un nuevo ser humano.

El pueblo debe entender que no son los votos depositados en las urnas los que garantizan los cambios o las transformaciones. Este voto sirve, nada más, para designar a los gobernantes, pero el pueblo no tiene garantías de la realización de las transformaciones que se necesitan, y solo la lucha organizada, permanente y efectiva de este mismo pueblo, resulta ser el único instrumento para que esas transformaciones se hagan efectivas.

San Salvador, 27 de febrero del 2021.

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