Por Paulino Espinoza Carías

El 20 de febrero de 1977 se desarrollaron elecciones presidenciales en El Salvador y la Unión Nacional Opositora obtuvo una aplastante derrota sobre el partido oficial, el PCN. Este triunfo le fue arrebatado por segunda vez consecutiva ya que, en 1972, la oligarquía y los militares tampoco habían reconocido en triunfo de la oposición.

Los salvadoreños que conservamos todavía algo de memoria histórica sabemos que ese “28 de febrero” tiene un doble significado. Por una parte, porque hubo una organización política de masas que retomó esa fecha para su nombre: las ligas populares 28 de febrero y otra, porque ese, día el 28 de febrero de 1977, cientos, sino miles de personas fueron masacradas por fuerzas combinadas de la Policía Nacional, la Guardia Nacional, la Policía de Hacienda y el ejército, quién para ese entonces no participaba abiertamente en la represión contra el pueblo.

Unas 60,000 personas se congregaron la noche del 27 de febrero para protestar masivamente por el fraude electoral. Era el quinto día de protesta y de toma multitudinaria de la “Plaza de la Libertad” lugar donde había ocurrido también el cierre de campaña de la 1ª Unión Nacional Opositora, una coalición que incluía al Partido Demócrata Cristiano –PDC-, a la Unión Democrática nacionalista, UDN, frente abierto del partido Comunista Salvadoreño y el MNR, Movimiento Nacionalista Revolucionario, socialdemócrata.

El descontento popular era insostenible, el cierre de los espacios de participación democrática, la falta de libertad de expresión, la persecución sistemática a quienes disintiera del discurso y la represión habían ya sobrepasado el límite.

El partido de gobierno, el ejército y los dueños del gran capital, habían confabulado para irrespetar la voluntad popular. Su proyecto de dominación requería del control absoluto del Estado, cualquier oposición debía ser eliminada.

La noche del 27 de febrero, cuando decenas de miles de salvadoreños se apiñaban en la plaza y las calles aledañas, el padre Alfonso Navarro, párroco de la iglesia de la colonia Miramontes, ofició una misa en ese mismo lugar, acompañando, como pastor, al pueblo congregado.

En el momento, solemne, de la homilía, Navarro pronuncia un discurso incendiario: denuncia del fraude y la violencia estatal, la cobardía con que habían actuado las fuerzas políticas y el descaro de la oligarquía salvadoreña que había llegado al límite de su hipocresía y desfachatez.

Como dice la canción: la voz de Alfonso Navarro destapó el estiércol que destilaban los poderosos a través de sus medios de comunicación. La palabra de Alfonso Navarro resultó profética, fue denuncia y anuncio. Su discurso estuvo también lleno de amor y sabiduría. Como fiel seguidor de Cristo, nunca permitió que el discurso político sustituyera su fe y esperanza.

Navarro acudió como buen pastor, haciéndose presente para acompañar al pueblo, iluminarlo y compartir el peligro qué les acechaba. Es por eso que la canción del compositor y poeta Guillermo Cuéllar, cómo lo llamara el propio monseñor Romero, dice que ese “28 de febrero fue día de eucaristía”, es decir, de sacrificio martirial, pero también, de resurrección.

El padre Navarro, de tan solo 35 años de edad, que había trabajado como párroco en la Colonia Zacamil, desarrollando una pastoral de cara a la juventud, fue asesinado el 11 de mayo de ese mismo año. Él se había tenido que dedicar a dar clases para poder atender económicamente a su parroquia ya que muchos de los feligreses, le habían retirado su apoyo.

La colonia Miramonte era un barrio de gente acomodada, que resentía los cambios en la iglesia progresista. Él se dedicó a dar clases en el colegio Guadalupano y La Asunción, en ambos lugares fue objeto de vigilancia y sospechas de algunas de las alumnas que de familias acomodadas e incluso de militares.

La canción para el padre Alfonso Navarro resultó ser una denuncia de la desigualdad social imperante en la sociedad salvadoreña, pero lambien un anuncio de la nueva semilla que desde la Iglesia de los pobres se estaba sembrando:

Grito que riega esperanza

en el desierto de asfalto

de la ciudad de los ricos 

canción de semilla nueva

grito de vida y de canto

en la Miramonte vieja

Alfonso, al igual que la gente en las parroquias y comunidades, sabía que estaba amenazado de muerte. Sus alumnas del colegio Guadalupano habían grabado sus clases en secreto, clases donde él hablaba del amor al prójimo, de la justicia social, de la opción preferencial por lo pobres y del camino que una cristiana debía seguir: el camino de Jesucristo.

Estas grabaciones le fueron mostradas a Monseñor Romero y, después de escucharlas, dio su respaldo al sacerdote. Lo único que había hecho el padre Navarro era atender en su trabajo pastoral lo que indicaba la doctrina social de la iglesia. La canción denuncia ese hecho:

y tú ya lo presentía

decir la verdad es pecado

que se paga con la sangre

tus palabras las grabaron

entre escándalos y risas

las hijas de militares

y por eso te mataron

Decir la verdad es cauce

de libertad oprimida

pero el camino está lleno

qué flores de sangre viva

sangre del pueblo que sufre

Sangre del pueblo que grita

El día de la concentración en la plaza, pasada la media noche, cuando todavía se encontraban más de 6000, la policía, utilizando alto parlantes, emplazó a abandonarla, dándoles únicamente 10 minutos para el desalojo. Antes de vencido el plazo abrieron fuego contra los manifestantes, quienes cayeron por docenas. Esa madrugada del 28 de febrero, el cuerpo de bomberos nacionales tuvo que llegar con mangueras y motobombas para limpiar la sangre de las calles.

Alfonso cura Navarro

ellos odiaban sus nombres

en tu boca de profeta

tu voz destapaba estiércol

en sus negocios legales

y corazones de piedra

y por eso te mataron

Aquel veintiocho del pueblo  

Dios se hizo grito en tu boca

denunciando el atropello

el fraude y la cobardía 

el 28 de febrero fue día de eucaristía

                    El 11 de mayo, día de su asesinato, el padre Navarro asistió a Casa Presidencial para dar explicaciones de sus actuaciones, al regresar a la casa parroquial, mientras descansaba leyendo un periódico, fue sorprendido por cuatro hombres armados que lo golpearon brutalmente y lo acribillaron a balazos junto a un niño de 14 años, Luis Torrez.

Alfonso, cura Navarro

ellos han roto tu cara

con sus balazos y babas 

Te han roto miles de venas

para sembrar tus palabras

en el pueblo y sus veredas

por eso has resucitado

                      Quienes quieran oír…

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