sábado , junio 25 2022

Una misa popular en el amanecer del régimen de excepción

La mañana que los salvadoreños perdieron algunos de sus derechos y garantías constitucionales como respuesta del gobierno a una profunda escalada de violencia, se celebró una misa popular en la Cripta de Monseñor Romero que reivindicó el mensaje del poder soberano del pueblo.

Una crónica de Diego Hernández, jefe de prensa de VOCES.


El Salvador vive en estos últimos días de marzo jornadas llenas de violencia, pagadas con sangre del pueblo salvadoreño. Entre el viernes 25, sábado 26 y domingo 27 la escalada de violencia alcanzó un total de 87 personas asesinadas, según datos de la Policía Nacional Civil (PNC). El sábado pasado tuvo la oscura particularidad de ser el día más violento en la historia salvadoreña desde que se tiene registro de los homicidios provocados por la violencia social en la época de postguerra.

Al mismo tiempo que se desarrollaban los hechos el día 26, el presidente Nayib Bukele tuiteaba que la PNC y la Fuerza Armada debían “dejar que los agentes y los soldados hagan su trabajo”, que la Fiscalía General de la República (FGR) debía ser “eficaz con los casos”, y que estarían “pendientes” de jueces que “favorezcan delincuentes”, dijo en su Twitter.

41 minutos después de publicar ese tuit, solicitó, de nuevo en esta red social, a la Asamblea Legislativa que decretara un régimen de excepción. Dicho y hecho, el órgano legislativo, con mayoría oficialista, aprobó en pocas horas el recurso jurídico que suspende por 30 días derechos y garantías constitucionales como la libertad de asociación, el límite de 72 horas de la detención administrativa, la inviolabilidad de la correspondencia y las telecomunicaciones, entre otros. Es decir, el domingo los salvadoreños amanecieron con menos derechos.

El mismo domingo se encontraba programada en la cripta de la Catedral Metropolitana una misa en memoria de los cuatro periodistas holandeses asesinados el 17 de marzo de 1982 por una patrulla del Batallón Atonal de la Fuerza Armada en Santa Rita, Chalatenango. Dada la prohibición de las reuniones, la orden implícita a los cuerpos de seguridad de que podían actuar sin consecuencia legal y el repunte histórico de homicidios, había dudas de si se iba a realizar el acto litúrgico o si las personas asistirían.

Estas dudas fueron disipadas cuando se aproximaban las 10 de la mañana; hora del comienzo de la misa. Afuera de la catedral, en un calor avasallador, se veían menos personas transitando, y un poco más de soldados y policías patrullando las calles del Centro de San Salvador. En la plaza Gerardo Barrios había una multitud de policías mezclados con agentes del Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM).

Bajo un toldo de la Alcaldía de San Salvador se encontraban los policías, mientras los agentes del CAM se mantenían fuera de él. Foto: Diego Hernández.

Adentro, protegidos del infierno del sol por la gruesa estructura de la catedral, bajando los escalones hacia el mausoleo de Monseñor Romero, las sillas de plástico y los banquillos empezaban a llenarse de gente queriendo acomodarse para participar en la eucaristía. Personas mayores, jóvenes e incluso niños se colocaron en los asientos que rodeaban el altar; este mismo también rodeado de figuras y expresiones artísticas representando a Monseñor Romero.

El único miedo visible fue, y ha sido así desde 2020, el del coronavirus, ya que todos llegaron con sus mascarillas y mantenían la distancia prudente como medida de prevención ante la pandemia que vive el mundo.

No fue una misa como las usuales. Sí cantaron. Sí rezaron. Sí fue cristiana. Pero esta fue una misa popular. Una misa de la gente. Una misa del pueblo.

En las misas comunes, el monitor anuncia la bienvenida del celebrante. En esta misa popular, la monitora comenzó el acto anunciando la entrada en vigor del régimen de excepción. “Esta mañana hemos amanecido bajo un régimen de excepción donde se han suspendido varias garantías constitucionales. Esto fue aprobado en la madrugada”, expresó María Teresa Alfaro, de la Comunidad Monseñor Romero de la Cripta de Catedral.

María Teresa brindando las palabras de inicio de la misa popular. Foto: David Ramírez

Las intervenciones de los celebrantes tienen un enfoque de crítica de la realidad nacional. El párroco de la Diócesis de Santiago de María, Pablo Hernández, hizo un homenaje sentido a la memoria de los cuatro periodistas holandeses, a la defensa de la labor de los periodistas en general y a la defensa de los derechos humanos.

“40 años han pasado, como si fuera ayer, y nos negamos a olvidar y a conformarnos como quisieran sus verdugos. Aquellos que sus dioses eran las armas, que creían y creen que la violencia verdeolivo hoy se esconde en las tinieblas, en la cobardía y en la impunidad, mientras nosotros nos reunimos y celebramos con la frente en alto, a plena luz del día”, mencionó el sacerdote en la homilía.

El padre Pablo Hernández durante su homilía en la misa popular. Foto: David Ramírez

Las personas en todo momento atentas al mensaje del religioso solamente intervinieron cuando una consigna se los permitió. El padre finalizó su mensaje con un potente “¡Que viva Monseñor Romero!”, “¡Qué viva!”, respondieron los feligreses; retumbando la consigna en toda la cripta del Santo de América.

El sacerdote y miembro de la Concertación Monseñor Romero, Fredis Sandoval, recordó -en el contexto de la pérdida de los derechos constitucionales- que el poder del Estado en realidad lo contiene el pueblo. “No solamente oremos, hagamos lo posible si hay iniciativas de calle de exigir, como en el pueblo reside la soberanía, tenemos que recordar al Estado, que el soberano es el pueblo y no pueden atentar a los derechos de los ciudadanos y ciudadanas en este país. No pueden y no deben”, dijo mientras resonaban los aplausos de la gente.

El padre Fredis Sandoval durante su homilía. Atrás de él, el altar principal. Foto: David Ramírez

Fue un acto de adoración religiosa y protesta social de 1 hora y 35 minutos. Pero también una oportunidad donde los asistentes pudieron reivindicar y reconocer el poder que tienen en masa.

Retornando al horno de las calles del centro, la tendencia siguió: menos personas particulares transitando, y más soldados con fusiles en mano caminando por estas. Es ahí donde los asistentes a la misa pudieron haber recordado las palabras del padre Hernández, citando a Berta Cáceres, la ambientalista hondureña asesinada en 2016 por exmilitares, “vos tenés la bala, yo la palabra. La bala muere al detonarse, la palabra vive al replicarse”.

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Jefe de prensa.

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