Armando Briñis Zambrano*
Desde la desaparición de la Unión Soviética en 1991, hemos asistido a la expansión de la OTAN hacia el este a las fronteras rusas pese a las promesas de occidente que eso nunca ocurriría. Por su parte, Estados Unidos comenzó a retirarse de los tratados de control de armas comenzando una nueva espiral de la irracional y peligrosa carrera armamentística, rompiendo los acuerdos básicos que habían puesto fin a la Guerra Fría. La más significativa fue la decisión de retirarse del Tratado sobre Misiles Antibalísticos (Tratado ABM por sus siglas en inglés), piedra angular de la serie de acuerdos que frenaron durante algún tiempo la carrera nuclear.
En el caso de Ucrania, la intromisión estadounidense es un hecho al apoyar un golpe de estado que cambió el gobierno ucraniano en 2014, un procedimiento que normalmente no se considera coherente con el Estado de derecho o la gobernanza democrática al estilo occidental, además de tener el soporte interno de grupos reaccionarios pronacis banderistas[1].
¿Qué es lo que el presidente Putin está exigiendo? el fin de la expansión de la OTAN y la creación de una estructura en Europa que asegure la seguridad de Rusia junto con la de los demás países europeos. Moscú demanda que cese el proceso de incorporación de nuevos integrantes al bloque y que, en particular, Rusia tenga la seguridad de que Ucrania y Georgia nunca serán miembros. El presidente Biden se niega a dar esa garantía, pero señaló su disposición a seguir discutiendo cuestiones de estabilidad estratégica en Europa.
Los encuentros con emisarios y presidentes de naciones miembros de la OTAN a Moscú, muchas veces reunidos con el propio Putin, al parecer van desescalando las tensiones y le dieron un nuevo aire a una “solución diplomática”, a una supuesta crisis inflada por los medios de prensa comprometidos con la guerra, especialmente estadounidenses, dados a la tarea de replicar palabras claves como “inminente”, “escalada”, “tensiones”, “agresión”, todas relacionadas a una especie de “guerra extraña” o a una guerra que no se produce en la práctica.
Quizás cometamos un error, pero no podemos descartar la sospecha de que estamos asistiendo a una elaborada comedia magnificada por destacados medios oligopólicos de comunicación estadounidenses, para servir a un fin político interno: revivir a una administración Biden que se balancea con menos de un 40 por ciento de popularidad entre los votantes de la nación norteña.
En recientes intercambios el presidente Joe Biden trasladó a su homólogo ruso, Vladímir Putin, la voluntad de apostar por la vía diplomacia al más alto nivel y su disposición a sellar por escrito acuerdos en materia de seguridad con Rusia en el caso de que sean alcanzados. Es destacable que en las anunciadas ideas adelantadas por Biden hay elementos concretos, no los deseados exactamente por Rusia, pero que pueden establecer un ambiente de seguridad en Europa, relacionados al ámbito del control de armas, así como un incremento de la transparencia de ambas partes.
El mandatario estadounidense ha señalado que las medidas se aplicarían tanto a la OTAN como a Rusia; aunque continua sus amenazas de que, si Rusia ataca a los estadounidenses en Ucrania, habría una respuesta económica devastadora. En toda esta crisis, según análisis de expertos, militares y medios de prensa más objetivos, la Casa Blanca insistió en presentar el peligro de invasión rusa como creador de la crisis.
Biden ha insistido en que ni Washington, ni la OTAN representan «una amenaza a Rusia», al tiempo que subrayó que no tienen planeado colocar misiles en Ucrania, a la vez que insiste sistemáticamente, en que las tropas rusas se están concentrando en las fronteras de Ucrania y que supuestamente podrían atacar en cualquier momento, aconsejando a los ciudadanos estadounidenses que abandonen Ucrania y se ha evacuado al personal de la embajada en este país, una confirmación de que se prepara la atmósfera bélica y pese a que los propios dirigentes ucranianos manifestaron que la invasión estaba lejos de ocurrir y pidieron que no cundiera el pánico.
En nombre de la democracia, los Estados Unidos y la OTAN han destruido naciones enteras, Afganistán, Irak, Libia son los ejemplos más recientes, pero no los únicos en la amplia carrera de intervenciones militares en el planeta. Hablar de que la organización noratlántica es una entidad pacífica, no es compatible con los hechos históricos, a lo que sumariamos que hoy asistimos a cambios geoestratégicos trascendentales y los Estados Unidos han perdido su etiqueta de potencia con predominio absoluto en las relaciones internaciones después de la desaparición de la Union Soviética en diciembre de 1991. Hoy, China y su alianza con Rusia inclinan la balanza económica y militar a su favor. Asistimos a una Nueva Guerra Fría y Ucrania es hoy el campo de enfrentamiento. Lejos de Estados Unidos, como siempre han querido los políticos estadounidenses; pero cerca de los misiles rusos, como saben los militares de este país.
Al final, la manipulación y la mentira tienen piernas cortas, el esperado ataque no se ha producido, ni el pasado 16 de febrero, ni el 18 y tal vez las predicciones se queden en lo que fue, un ejercicio de adivinador que puso al mundo en una situación delicada. Si el mundo tiene suerte, el día de la “agresión rusa” a Ucrania, no llegará, con menos suerte, Ucrania será aplastada y Europa entrará en el caos, sin suerte desapareceremos como especie al compás de las explosiones termonuclares.
*Doctor en Ciencias Históricas. Director de Investigaciones de la Universidad Luterana Salvadoreña. Corresponsal de temas internacionales.
[1] Líder de la Organización de los Nacionalistas Ucranianos, aliados del ejército hitleriano en la 2da Guerra Mundial
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