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Foto: Jesuitas.lat.

Se cumplen 94 años del natalicio del mártir y beato Rutilio Grande

El jesuita es parte de la historia de El Salvador, su voz sonaba fuerte en contra de las injusticias y por eso fue acallada. Hoy también es un salvadoreño universal, es un beato de la Iglesia católica.

Por David Ramírez, periodista de VOCES


El sacerdote jesuita Rutilio Grande nació el 5 de julio de 1928 en El Salvador. Instruido por su abuela en sus primeros años se convirtió luego en uno de los sacerdotes más reconocidos por su acompañamiento a los pobres. Fue mártir de la iglesia salvadoreña, según lo decía San Oscar Arnulfo Romero, su amigo.


Nació en la Villa de El Paisnal, donde inició su camino en la iglesia y estudió en El Salvador y algunos seminarios de América del Sur. Se ordenó sacerdote el 30 de julio de 1959 en la ciudad de Oña, España.


“En lo pastoral, el padre Rutilio fue un innovador, siempre con su deseo de aplicar el Concilio Vaticano a nuestra realidad. Estaba convencido que los seminaristas debían hacer su trabajo pastoral en la parroquia para que ellos vieran la realidad y crear en ellos la sensibilidad social además de la humana”, menciona en un relato el Arzobispado de San Salvador.


En su trayecto, el padre Grande estuvo en cercanía al recordado como la voz de los sin voz: Monseñor Romero.


Mientras Rutilio se encontraba como formador en el Seminario San José de la Montaña, Romero, quien había sido trasladado a San Salvador para ocupar el puesto de secretario de la Conferencia Episcopal, decide quedarse a vivir dentro del seminario; dando origen a esta amistad que marcó un antes y después.


El fatídico 12 de marzo de 1977 Grande, junto a dos acompañantes, fue asesinado por un escuadrón de la muerte.


El asesinato del jesuita marcó el inicio de la represión lanzada por el gobierno militar y encabezada por escuadrones de la muerte contra miembros de la Iglesia católica que alzaban sus voces contra las injusticias sociales.


El asesinato del padre Rutilio llevó a Monseñor Romero, en ese tiempo arzobispo de San Salvador, a condicionar al gobierno salvadoreño, declarando que no asistiría a ningún acto oficial hasta que el atentado en contra de su amigo se investigara. Condición y petición que fue negada.


Durante los siguientes años, San Romero denunció continuamente durante sus homilías las violaciones a los derechos humanos que afectaban a los salvadoreños, lo que les costó la vida el 24 de marzo de 1980.


“Tenemos, hermanos, la obligación de recoger el recuerdo de nuestros queridos colaboradores, y, si han muerto bajo un signo martirial, recoger también su ejemplo de entereza, de valor, para que esa voz que quisieron acallar con la violencia no se muera, sino que siga siendo el grito de Jesucristo: No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero dejan vibrando la palabra y el mensaje eterno del evangelio”, expresó Monseñor Romero en 1978, en el marco del primer año del martirio del padre Grande.

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