sábado , enero 28 2023

Navidad: tiempo para servir, acompañar y defender

Por: Carlos Mario Castro

Con el paso del COVID-19 presenciamos escenas como las descritas en El Decamerón de Boccaccio durante la gran peste del siglo XV: “a los ciudadanos huir unos de otros, al vecino permanecer indiferente acerca de la suerte de su vecino, a los parientes temiéndose ver o no viéndose sino raramente y a distancia. Los enfermos, cuyo número era incalculable, no recibían ayuda sino de la simpatía de un reducido círculo de amigos o del interés de unos mercenarios que no les prestaban dicha ayuda sino con la esperanza de un enorme salario”.

Navidad supone una oportunidad para reflexionar el significado de un nacimiento ocurrido en la pobreza nada romántica de un establo, que pasó totalmente inadvertido porque la mayoría, ocupada como estaba con sus naderías, rara vez miraba hacia lo que sucedía en los establos ignorados de la marginación.

Las circunstancias de emergencia humana y social que ahora vivimos ofrecen, incluso en su inseguridad y desasosiego, un clima más favorable para sentir y comprender mejor el mensaje de esperanza contenido en el nacimiento de Belén.

De esa esperanza que, como el recién nacido que la representa, es pequeña y frágil, necesitada de verdadera posada, de que le abramos el corazón como un humilde pesebre para que pueda nacer, yacer y crecer ahí; y de esa manera recibir consuelo, motivos de alegría, la reciedumbre en nuestros desánimos de perseverar en la convicción de que vale la pena luchar por mejorar el rostro maltrecho de la humanidad, por más que el mundo sea un lugar cada vez más inhóspito y peligroso.

Para Ignacio de Loyola la contemplación de la Navidad es una de las más importantes, porque cuando en los Ejercicios Espirituales –pocas veces lo hace—introduce las técnicas introspectivas de la composición de lugar, la vista imaginativa y la aplicación de los sentidos, eso significa que estamos ante una experiencia crucial que debe dejar su huella indeleble en quien hace el ejercicio. Es la preparación interior para una gran decisión y aventura.

Al contrario de los personajes ensimismados en el pequeño y vanidoso mundo de sus preocupaciones retratados por Brueghel en El censo de Belén, Ignacio frente a los sucesos del Nacimiento nos pide literalmente “ver el camino que lleva a Belén, considerar su largo y ancho, si es llano o con montañas, si el establo es grande, pequeño, alto o bajo, y si está limpio y arreglado” (E.E. 112). Nos invita a conocer y empatizar con los escenarios donde una parte de la humanidad vive olvidada y vulnerada en su dignidad y derechos, para que entonces el amor devenga obra, redención, y no solo palabras.

De igual manera, imaginar y ver a María, a José y al niño recién nacido –la acción siguiente es fundamental– haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase” (E.E. 114).

Esta es la semilla que, como el sembrador narrado por el evangelio, hay que cultivar en el corazón de nuestras sociedades: la de una vida dedicada al servicio de los demás, en especial de los más necesitados de justicia, entre quienes ahora hay que sumar al medio ambiente y sus especies amenazadas.

Lo expresó con claridad Pedro Arrupe, el visionario superior mundial de los jesuitas de mitad del siglo XX, al fundar los entonces Servicios Jesuitas para Refugiados: tres palabras son el programa de trabajo en medio de los más urgentes problemas de la sociedad: servir, acompañar y defender.

Esta Navidad 2022 nos invita también a no olvidar, a recordar a los que ya no están con nosotros, a rememorar las sonrisas y las tristezas con que este año se despide ahora que transitamos la pospandemia y volvemos a una normalidad nueva, diferente a aquella que vivíamos antes de la pandemia.

La vida y la esperanza siempre se las arreglan para regresar en medio de la adversidad. Como lo vivenció y después escribió Oscar Wilde en el momento de su mayor sufrimiento, la experiencia increíble de descubrir en medio de la noche más oscura que un Niño en un pesebre, sin posada y nacido entre los descartados del mundo, es capaz de aliviar el peso que nos agobia y consolar nuestros sufrimientos y el “de todos aquellos, cuyo número es legión, que yacen entre ruinas; de los pueblos oprimidos, de los niños de las fábricas, de los ladrones, de los presidiarios, de los desheredados y de todos aquellos que se hayan sojuzgados”.

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